Últimamente me doy cuenta de que mi auto-práctica de yoga se ha transformado en ese espacio que viene a contrarrestar todo lo otro de la vida (lo que pasa por fuera del sadhana) cuando me sobrepasa.
Me explico mejor:
Si de repente el mundo me pide ir más rápido y en automático, mi práctica se vuelve más lenta y más consciente.
Si el mundo me exige más, me aprieta y me empuja, entonces mi práctica se transforma en un momento más suave, menos forzado, más espacioso.
Si afuera me tenso, adentro busco destensarme. Me ablando.
Pero no. No sucede solo.
No es algo que pase naturalmente.
Me implica un esfuerzo consciente llevar la práctica hacia ahí. No porque “tenga que hacerlo”, sino porque lo siento como un medio para estar mejor.
Y es curioso, porque también lo veo muchísimo en mis clases.
Creo que la gran mayoría de nosotros estamos atravesados por el ritmo frenético del mundo actual: las redes, las noticias, los medios, la globalización, la inmediatez, los envíos que dan la vuelta al mundo en pocos días, la posibilidad de estar en horas en la otra punta del planeta, el “todo al alcance de un clic”, la facilidad de este mundo digitalizado.
Y ojo (porque de verdad lo creo) todo eso tiene un lado mega archi positivo.
Pero tampoco es gratis.
Ese acceso constante, esa velocidad, esa disponibilidad permanente, nos hace creer que tenemos derecho a exigirle eso al otrx… o incluso a nosotros mismos.
Que el mundo vaya rápido no significa que tú tengas que hacerlo.
Y menos aún en tu práctica, que es justamente ese espacio para equilibrar, balancear y ordenar lo que anda revuelto.
Aun así, es casi inevitable:
si estás en automático, lo más probable es que arrastres ese automático a tu práctica… y a todo lo que haces. Incluso cuando se supone que no estás haciendo.
Y al mismo tiempo, me releo y pienso:
“bueno, tampoco vamos a meterle una exigencia más a la práctica… al final, haz lo que te salga y puedas, que eso ya es mucho”.
Pero entonces aparecen las preguntas:
¿será que caímos en la trampa del mundo actual, donde todo tiene que ser fácil, rápido y sin tiempo ni dedicación?
¿Será que cancelamos, o resignificamos la palabra esfuerzo con un tinte negativo?
A mí (y hablo siempre desde mi experiencia personal), esforzarme en lo que merece la pena siempre me ha llevado a buen puerto.
Y eso no significa que el esfuerzo haya sido algo malo o drenante, sino más bien algo lógico y necesario para generar un cambio, alcanzar una meta o sostener un deseo.
Hoy siento que ese “esfuerzo” —cuando se vuelve mandato— se confunde con otra cosa muy distinta:
Con el esfuerzo de hacer lo necesario para vivir mejor.
Con más consciencia.
Con más presencia.
Con más de eso que hoy necesitas para poder estar aquí.
Te invito, y me invito, a que en el próximo encuentro con la esterilla pongas atención a tu ritmo, a tu forma, a tu esfuerzo… y a tu no-esfuerzo.
A observar cuánto de tu vida arrastras a la práctica y cuánto puedes discernir.
A practicar, ahí mismo, ese delicado equilibrio entre el mundo interno y el mundo exterior.






