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May 30, 2026

Una forma de volver

Vivimos en una época de avances extraordinarios, pero también de cansancio, hiperestimulación y desconexión. Entre la velocidad, las pantallas y la necesidad constante de producir y mostrar, cada vez parece más difícil habitar el silencio, la presencia y el propio cuerpo. Una reflexión sobre el yoga no como escape del mundo, sino como una forma de volver a escucharnos en medio del ruido.

En los enclaves de un mundo arrebatado por la velocidad de la maquinaria y las exigencias del entramado humano que nosotros mismos hemos construido, mientras nuestra mente avanza entre anestesiada y exhausta, todavía existen pequeños espacios o refugios que quedan al margen de eso: cuerpos, gestos, silencios, redes que se resisten a ese ritmo.

Es verdad que vivimos una de las mejores épocas de la historia en muchos aspectos. La esperanza de vida aumentó, la salud pública avanzó, tenemos accesos y facilidades que hace apenas unas décadas eran impensables. Pero también es verdad que las problemáticas cambiaron con nosotros. Transformamos el mundo y el mundo nos transformó de vuelta.

Y no escribo esto desde el pesimismo, ni desde esa nostalgia vacía que idealiza otros tiempos. Tampoco desde el falso positivismo que convierte cualquier incomodidad humana en una frase rápida de redes sociales. Lo escribo porque siento que hay cosas de las que necesitamos hablar.

 

No sé si mi entorno representa a toda la sociedad. Vivo en una isla de Canarias, en un pueblo pequeño atravesado constantemente por el turismo, y paso gran parte de mi semana viendo gente en las clases. Observando. Escuchando. Y desde esa experiencia hay algo que no dejo de notar: pareciera que ya no sabemos quedarnos quietos ni presentes.

Nos cuesta esperar. Nos cuesta aburrirnos. Nos cuesta estar en silencio. Miramos el móvil de forma compulsiva incluso cuando buscamos descansar. Vamos a yoga y revisamos el reloj inteligente en mitad de la práctica. Organizamos un retiro y terminamos más pendientes de la foto que de la experiencia. Muchas veces pareciera que ya no sabemos vivir algo si no puede ser mostrado.

 

Todo se vuelve contenido. Rendimiento. Estímulo. Exposición.

Y en medio de tanta hiperconexión, cada vez veo más desconexión. Personas agotadas que no sabemos realmente cómo estamos. Cuerpos tensos. Mentes saturadas. Emociones anestesiadas bajo capas de ruido, productividad, entretenimiento y distracción constante. Como si mirar hacia afuera permanentemente fuera una forma de evitar encontrarnos con lo que pasa adentro.

Y escribo todo esto sabiendo que yo tampoco estoy por fuera de esa lógica. También me atraviesan la hiperconectividad, la exigencia, la velocidad, el cansancio mental y la dificultad de sostener la atención. También me descubro funcionando en automático, distraída, escapando del silencio

Quizás por eso mi práctica de yoga se volvió refugio.

No como una fantasía de desconectarme del mundo ni como una identidad espiritual, sino como uno de los pocos espacios donde todavía puedo escucharme de verdad.

Un lugar que me devuelve al cuerpo, a la respiración, a percibir cómo estoy. Un espacio donde, aunque sea por un momento, el ruido baja y algo se acomoda. Y ojo, tengo que estar super atenta constantemente de no arrastrar a mi práctica los patrones que me anestesian en la vida por fuera de la práctica: la velocidad, la rigidez, la hiperexigencia, etc.

Y quizás eso sea parte de lo que hoy necesitamos recordar: que sentirnos y escucharnos no debería ser un lujo. Que parar no debería vivirse como culpa. Que el silencio no tendría que resultarnos insoportable. Que escuchar al otrx con atención y presencia es un acto posible.

En una época que nos empuja constantemente hacia afuera, aprender a volver hacia adentro puede convertirse, silenciosamente, en una forma de resistencia.