A veces, en conversaciones con mi entorno aparece la idea de que el yoga no debería mezclarse con problemáticas sociales o políticas. Que son registros distintos, o que conviene separarlos.
Yo no termino de verlo así. No porque quiera convertir la práctica en un espacio de militancia, sino porque cada vez me resulta más difícil sostener esa separación. Entiendo el yoga menos como una forma de escape y más como una forma de ver y habitar el mundo con mayor claridad y consciencia.
Últimamente me pregunto qué significa practicar y enseñar yoga cuando lo que pasa afuera sigue presente dentro. No tengo una respuesta clara.
Pero las preguntas insisten:
¿Qué significa hablar de ahimsa (no violencia) en una sociedad donde una mujer es ases*nada cada 30 horas? ¿Puede una práctica centrada en la consciencia ignorar las condiciones sociales que producen sufrimiento? ¿Dónde termina la práctica personal y empieza la responsabilidad colectiva? ¿Es suficiente trabajar sobre uno mismo?
En la práctica contemporánea del yoga, ahimsa aparece muchas veces asociada a la idea de “no dañar a nadie”, entendida en términos de comportamiento personal: ser amable, evitar el conflicto, regular la forma en que uno se expresa o se vincula. Esa lectura tiene mucho valor, pero también deja fuera una parte importante del problema.
Porque la violencia no siempre se presenta como un acto individual evidente. A veces está en las estructuras que organizan la vida cotidiana, en las condiciones materiales, en la desigualdad, en la forma en que ciertos cuerpos están más expuestos que otros al sufrimiento.
En ese punto, ahimsa deja de ser únicamente una regla de conducta y se vuelve una pregunta. No sólo “cómo no dañar”, sino qué relación tengo con un mundo donde el daño ya está ocurriendo, de forma sistemática y persistente.
Reducir el yoga a “estar presentes” para evitar o disminuir el sufrimiento lo deja en una versión parcial y, valga la redundancia, reduccionista. El yoga no es una práctica evitativa; más bien, implica traer a la consciencia lo que ya existe.
Eso no significa producir sufrimiento ni quedarse fijado en él, sino modificar la relación con lo que aparece: percepciones, patrones, automatismos, formas de reaccionar. En ese sentido, la práctica no siempre conduce a una experiencia más confortable, sino a una experiencia menos distorsionada y, por lo tanto, incomoda.
Cuando la distorsión disminuye, algunas cosas dejan de poder ignorarse con la misma facilidad. No porque el yoga “te haga ver más cosas” en un sentido místico, sino porque reduce ciertos mecanismos de evitación con los que normalmente sostenemos la experiencia cotidiana.
Ahí aparece una consecuencia que no siempre se menciona: una práctica centrada en la consciencia no necesariamente aleja del sufrimiento, a veces, y quizás como paso previo, lo vuelve más evidente.
En ese punto se vuelve difícil sostener una idea de separación clara entre lo interno y lo externo. No hay práctica interna que no esté ya atravesada por condiciones externas.
Y quizás por eso me cuesta pensar el yoga únicamente como una herramienta para sentirme mejor, regularme o estar bien conmigo misma. Todo eso puede formar parte de la práctica, pero si el recorrido termina ahí, algo queda afuera.
Porque practicamos con otros. Enseñamos a otros. Vivimos entre otros. Y la consciencia que cultivamos en la esterilla no aparece en un vacío, sino en un mundo compartido.
No sé exactamente qué hacer con todo esto. No sé hasta dónde llega la práctica ni dónde empieza la responsabilidad. Pero cada vez me resulta más difícil pensar que el yoga consiste únicamente en volver la mirada hacia uno mismo.






