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Sep 24, 2025

Alineación: un viaje desde adentro

Cuando pensé en abrir este blog con un texto sobre la alineación, inevitablemente tuve que hacer un repaso interno. Como un viaje por mis memorias, recordando cómo este concepto fue pasando por mi cuerpo y evolucionando con los años de práctica, constancia, estudio y repetición.

Hoy siento la alineación como un pilar fundamental en la práctica de asana. Pero no siempre fue así. En mis primeras clases, como alumna y en mis momentos de auto-práctica, apenas conocía mi cuerpo. Me movía más en piloto automático. Con el tiempo, empecé a escuchar con mayor profundidad la guía de mis maestros, y a descubrir una sensación interior de liviandad y estabilidad. Era como si el cuerpo encontrara un lugar familiar y seguro, un espacio saludable, no forzado ni sobreexigido.

Fui aprendiendo a darle a mi cuerpo la colocación en la que realmente se sentía cómodo. Y en estos tiempos, eso no es poca cosa. Con el paso del tiempo comprendí también que, cuando me lo permitía, era el propio cuerpo —con su inteligencia innata— el que guiaba mi estructura anatómica y calmaba mi mente.

Mis primeras clases de yoga fueron a los 13 o 14 años. Mi mamá había empezado a practicar y me llevó con ella a la sala de una profesora de Iyengar que había montado un estudio en el garage de su casa, a unas cinco cuadras de la nuestra, en el barrio de Flores, en Buenos Aires. Recuerdo entrar y ver todos esos elementos: kuruntas, bloques, mantas, bolsters cintos… todo me resultaba extraño y nuevo. Lo que más me gustaba era la sensación después de la práctica. Sentía que comenzaba a entrar en contacto con mi cuerpo de una manera distinta, más profunda.

Mi mamá siempre me había acercado al mundo holístico y energético, a través de la meditación o de terapias alternativas como el reiki o la terapia de regresiones. Pero en esas primeras clases de yoga fue cuando descubrí por primera vez una conexión espiritual con el cuerpo. El cuerpo como vehículo.

Con el tiempo me acerqué a prácticas más dinámicas, como vinyasa y ashtanga. Me hacía bien practicar antes de ir a trabajar, o dedicar un rato a mi autopráctica al comenzar el día. En esa época vivía en Buenos Aires, trabajaba como abogada y llevaba un ritmo que hoy no elegiría (aunque tampoco reniego de él, porque de alguna manera me conforma). Pero lo cierto es que trasladaba ese mismo acelere a la práctica: practicaba con la misma velocidad e inconsciencia con la que vivía, sin detenerme realmente a explorar en profundidad.

Mientras tanto, el yoga se fue convirtiendo en mi “sí o sí” del día, en mi espacio innegociable. Y como suele suceder, todos los caminos llevan a Roma: años después, y luego de mi primera formación en India en 2016, con 25 años, conocí a Norberto y a Maribel, quienes se convirtieron en mis maestros en una segunda formación de Hatha con elementos con una fuerte influencia en la tradición Iyengar.

Y allí, la idea de alineación tomó un nuevo sentido.
Con la guía de Maribel y Norberto emprendí un viaje hacia cada rincón de mi cuerpo físico. Sus indicaciones eran sutiles y al mismo tiempo precisas, profundas, reveladoras. Empecé a cerrar las costillas en adho mukha svanasana para no hundirme en la espalda y caer hacia el suelo. Comprendí con más claridad la rotación de los hombros, las múltiples direcciones que conviven en cada postura, el arte de afilar la mirada.

Fue como volver a empezar desde cero… o incluso más desafiante, porque implicaba desarmar creencias que yo sentía firmes y aprendidas, y permitir que algo completamente nuevo se revelara.

En el 2020 conocí a Sebastián Arbondo, a través de las chicas de Amaryyo Yoga en Gran Canaria, y fue como un tercer “volver a empezar desde cero”.

Su mirada sobre la práctica, sus ideas y sus indicaciones no me resultaban del todo ajenas, al fin y al cabo todo está conectado y hablamos un mismo idioma. Pero sí me llevaron a replantearme muchas cosas. Hubo momentos en los que pensé: “¿Otra vez? ¿De nuevo no sé nada?”. Y en esa aparente confusión también había claridad: la certeza de que el camino del yoga es inagotable, que siempre se renueva, y que cada etapa nos invita a desarmar certezas para volver a aprender desde un lugar más profundo.

Con Sebastián aprendí que la alineación no es solo una cuestión estética o únicamente visual, sino una forma de cuidar el cuerpo y de habitarlo con más conciencia. Cuando el cuerpo está alineado, los huesos, articulaciones y músculos trabajan juntos de manera más eficiente y segura. Eso se traduce en protección —sobre todo de zonas sensibles como la columna, los hombros, las muñecas o las rodillas—, en estabilidad y equilibrio, y en la posibilidad de sostener una postura durante más tiempo sin esfuerzo excesivo.

Una buena alineación también abre espacio para que la respiración fluya mejor. Cuando el cuerpo se organiza, el diafragma y los pulmones pueden expandirse con más libertad, la respiración se hace más profunda y con ella, todo se vuelve más presente.

Pero la alineación no es solo física. También hay una alineación interna: esa sensación de que la energía vital, el prana, circula con más fluidez; de que cuerpo y mente se encuentran en un mismo lugar; de que estar en la postura se convierte en un acto de atención plena. La alineación, entendida así, no es rigidez, sino la posibilidad de estar habitando el cuerpo con mayor claridad y conciencia. De moverse de manera inteligente, lógica y a la vez cuidada, amorosa y saludable.

Te invito y propongo que la próxima vez que te encuentres practicando, no pienses tanto en “colocar” tu cuerpo en una forma externa. Pregúntate más bien: ¿cómo se siente mi cuerpo aquí, ahora? Tal vez descubras la verdadera alineación desde adentro y eso se refleje en el afuera.

Gracias por leer, por llegar hasta aquí.
Tami